Empecé anotando proporciones al margen de cada muestra: una parte de magenta por dos de turquesa, luego al revés, luego las dos cantidades iguales. Las tres llegan al violeta, pero no al mismo violeta. Cuando el turquesa cae sobre el magenta todavía húmedo, el resultado se mantiene más frío y conserva algo de la vibración del rosa. Al invertir el orden, el magenta tiende a comerse el turquesa y el tono se vuelve más cálido, casi granate. Ninguna de las dos opciones es mejor: depende de qué quieras contar en la ilustración.
El problema real aparece cuando el pincel viene de otra mezcla. Un poco de agua sucia con restos de ocre o de verde basta para que el violeta pierda fuerza. En la paleta de cerámica se ve enseguida porque el blanco no disimula nada, y ahí es donde conviene tener dos recipientes de agua: uno para enjuagar y otro, limpio, para cargar el pincel antes de mezclar.
Varias personas del foro subieron sus pruebas con marcas distintas y el patrón se repite. Sobre papel de algodón prensado en frío la mezcla aguanta mejor la saturación; en papeles más absorbentes el violeta se apaga al secar y hay que compensar pintando por capas finas en lugar de una sola masa de color. La proporción que mejor funcionó en la mayoría de los casos fue dos de magenta por una de turquesa, aplicada con el pincel apenas húmedo.
El secado cambia el tono más de lo que uno espera. Un violeta que en la paleta parece correcto puede quedar dos pasos más apagado sobre el papel. Por eso conviene dejar una muestra seca pegada en el cuaderno con la fecha, la marca y la proporción anotada al lado. Cuando la mezcla ya está extendida y no hay vuelta atrás, la salida más honesta es dejar secar y corregir con una capa fina encima, no insistir con el pincel húmedo sobre la zona.